Y la gente
se quedó en casa,
excepto los
35.000 sintecho
ni la gente
encarcelada
ni los
trabajadores forzados
a asistir a
sus puestos de trabajo
lo cual no
supone un riesgo para la salud.
Alguna gente
se quedó en casa
aunque
pronto no tendrán donde quedarse,
despedidos
por un ERTE que pagaremos
ya que su
jefe donará mascarillas
hechas por la
gente de los CIES
expulsada a
sus países
que no
recogen los mapas.
Los demás,
hicimos lo
que se esperaba,
incluso nos
abrazábamos a través de frías
-y posiblemente
contagiadas-
pantallas y
encontramos nuestra sombra
que abrió
sus alas
hasta tapar
toda luz:
nadie verá
cada insulto,
cada golpe,
cada grano del surco
donde amortajamos
nuestras cabezas.
Y así es
como todo (les) salió bien
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