Te
estoy viendo justo ahora.
Después
de tanto tiempo, de soñarte
y leerte y escribirte ayer.
Siento que no eres real.
Podría
acercarme y comprobarlo.
Prefiero quedarme con la duda.
Te
miro y se me atasca el pecho
en
la garganta.
Podría
romper los mares que nos separan.
Pero
me voy. Me marcho.
Abandono
acompañado
con
la música que me enseñaste:
The Cat Empire, Extremoduro,
She Wants Revenge o
los acordes algo desafinados
de
tu guitarra al tocar
Pequeño vals vienés.
Me
marcho y sé que voy por el camino equivocado,
que
debería volver sobre mis pasos
y acercarme. No para decirte:
Ya no me haces daño.
No
gano nada mintiendo.
Sino
para decirte,
asesina
tu orgullo,
no
el que te permite ser sobrevivir
a la tempestad de insultos y violencia
por
no callar el amar a los hombres,
no
el que te permite gritar
a pecho abierto:
Porque fueron somos,
Porque somos serán.
Te
hablo del orgullo egoísta
con
el que destierras todo pasado.
Por
qué no puedo hacer como tú,
que
si me miras ya no sabrás ni mi nombre,
ni
mi rostro, ni nuestra historia.
Porque no puedo dejar de guardar
cada
recuerdo. Creí que no eran un peso.
Quizá
ahora me arrepiento.
Pero
no soy así.
No
quiero ni puedo deshacerme de ti.
Nunca.
Aunque eso suponga
pasar
por el mismo dolor
una
y otra y otra vez
y no hallar una casa tranquila
o cama sin tu demonio.
Por
qué no podré hacerlo:
ahora
que soy más tú que nunca
siento
que es cuando estoy más alejado de ti.
Y
por mucho esfuerzo que ponga
nada
va a cambiar, por que
tu
no quieres. Y eso me convierte
en
el gilipollas (que pone pegatinas en tu portal),
que
desea verte
y
verte
y
verte
y
verte siempre
como
hoy
aunque
eso me cueste el corazón.