4/3/18

La Dragona


Te estoy viendo justo ahora.
Después de tanto tiempo, de  soñarte
y leerte y escribirte ayer.
Siento que no eres real.
Podría acercarme y comprobarlo.
Prefiero quedarme con la duda.
Te miro y se me atasca el pecho
en la garganta. 

Podría romper los mares que nos separan.
Pero me voy. Me marcho.
Abandono acompañado
con la música que me enseñaste:
The Cat Empire, Extremoduro,
She Wants Revenge o los acordes algo desafinados
de tu guitarra al tocar
Pequeño vals vienés.
Me marcho y sé que voy por el camino equivocado,
que debería volver sobre mis pasos
 y acercarme. No para decirte:
Ya no me haces daño.
No gano nada mintiendo.
Sino para decirte,
asesina tu orgullo,
no el que te permite ser sobrevivir
a la tempestad de insultos y violencia
por no callar el amar a los hombres,
no el que te permite gritar
a pecho abierto:
Porque fueron somos,
Porque somos serán.
Te hablo del orgullo egoísta
con el que destierras todo pasado.

Por qué no puedo hacer como tú,
que si me miras ya no sabrás ni mi nombre,
ni mi rostro, ni nuestra historia.
Porque no puedo dejar de guardar
cada recuerdo. Creí que no eran un peso.
Quizá ahora me arrepiento.
Pero no soy así.
No quiero ni puedo deshacerme de ti.
Nunca. Aunque eso suponga
pasar por el mismo dolor
una y otra y otra vez
y no hallar una casa tranquila
o cama sin tu demonio.

Por qué no podré hacerlo:
ahora que soy más tú que nunca
siento que es cuando estoy más alejado de ti.
Y por mucho esfuerzo que ponga
nada va a cambiar, por que
tu no quieres. Y eso me convierte
en el gilipollas (que pone pegatinas en tu portal),
que desea verte
y verte
y verte
y verte siempre
como hoy
aunque eso me cueste el corazón.

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