Para A.
Todavía puedo sentir el olor del metal
resbalándome, gris, por la boca, por los ojos cerrados,
por las yemas que ansían acariciar tu nueva tinta,
dejando blanca esquirlas de recuerdo.
Encajar nuestros radioactivos huesos en esta habitación arrugada,
bajo la roja luz birmana, aspirándote con mis labios,
deseoso de atravesar tu íntima niebla.
Y salvarte. Y salvarme.
Las cuerdas de la guitarra sosteniendo tu nombre,
la oscuridad abriéndome el adiós,
tu susurro escarchándome el oído:
ya es tarde.
El espejismo de la duda esperanzada escupida contra mi cara,
zanjando el abismo de mis pies quebrados,
ascendiendo de entre toda la placenta y el vómito.
Todavía no puedo respirar.
Entrego a ese señuelo celestial una mano,
mientras me dejo arrancar la otra, salvajemente,
por los violentos colmillos de tu secreto lobo,
famélico de caos.
Siempre os doy lo mismo:
mis lágrimas condenadas a no cristalizar,
mi piel rayada por la adolescencia,
mis entrañas, mi espina dorsal, mi sangre.
A todos os doy lo mismo:
lo que tan fácilmente arde.
Abril 2016
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