Detrás
de cada soledad
hay
una mano extendida
que
no halla respuesta;
unas
palabras que hablan
a la distancia, como si fuese
amiga
y no anuncio de
un
nuevo invierno.
También
hay la crueldad
del
repelente tic-tac,
como
el vaivén de dunas
que
hacen ver reflejos:
la
claridad de que este alma
está
condenada al vacío
en
medio de la multitud,
que
no pertenece a ningún lugar.
Si
caer es siempre igual,
de
ceniza morada tengo las rodillas
y
esta historia es un lazo
adormeciendo
mi cuello.
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