Hermosos
hombres de pelos rubios
evocadores
de anuncios de champú fabricados en Marsella
de
profundos ojos azules que son el mismo mar de todos los veranos
que
Tusquets buscaba.
Me
excitáis haciéndome
sentir como si quisiese algo
más
que efímeros encuentros de deseo sexual con vosotros.
Sexo
macilento, bultos subterráneos de topos,
miembros
contritos que se yerguen como mástiles de punta roma,
rozando
las zonas erógenas del otro cuerpo, boca,
cuello, oreja, pezón, pie, perineo, ano
políticas
anales provenientes del estado, de la cultura, de la educación, de los mass media, cuestiones religiosas:
católicas, judías, musulmanes, budistas, chiitas, cienciología
fieles
descalzos sobre áspera gravilla rezando
contra
las inclemencias del Dios de la penetración.
Me
cago en Dios.
Ni
Dios ni pollas.
Diplomado
en pollología.
Arcos
labiales que recorren carnes cilíndricas.
Me
importa una mierda ya la estética de las geografías de las pieles uniendo mapas
desnortados que jamás se habían encontrado, creando otros nuevos estados,
carreteras, puertos de montaña,
texto
sobre texto, narrativa sobre narrativa, hipermedia, transmedia, en árbol.
No
leo detenidamente, con lupa, los detalles escabrosos, gentiles, las
astracanadas del otro cuerpo que se tumba sobre mí
dándome
su calor como estufa humana a la que los pobres quisiesen acercarse
en
las crudas noches de invierno a calentar el ajado exterior que visten
pliegues
de veteadas cortinas de pellejos mudables, serpientes, lagartos, tortugas
instinto
primitivo, animal, simiesco, la postura en la que cabalgas sobre el otro
chillidos,
temblores, estertores, lenguaje primario, rudimental,
una
compuerta abierta a la fuerza, salida como entrada, bandera de Japón, placer
final.
Pieles
estiradas de tambor en los vientres de los cuidados chicos obsesos con el
físico,
gimnasios,
templos de culto del cuerpo, rodeados de Burger Kings, grasa saturada, grasa
concentrada, grasa maltratada, grasa
insalubre, grasa barata y sin conciencia
por
un euro una hamburguesa.
Níquel
y cromo sencillo de conseguir, rápido, instantáneo, en casas de apuestas:
pantallas epilépticas con anoréxicos cánidos corriendo
tras
la falsa liebre de la falsa libertad del capitalismo en un circuito circular
sudorosos,
atléticos cuerpos sometiéndose a estertores insanos de élite,
recurriendo
a brebajes y mejunjes ilícitos, señalados
con torcidos dedos de artrítico juez, depuración
total del pecado masivo.
El
pecado no es ser infiel,
los cuernos del toro, los del ciervo macho que en época de celo están
recubiertos de terciopelo, suave al tacto de las desgastadas yemas de la convivencia
y al final se caen, partidos, comidos por la carcoma de la curiosidad,
flácidos,
como nuestros rabos tras soltar el viscoso y amargo elixir de la vida,
blanco
desteñido como la lechosa luna llena,
homogeneizándose
con el almibarado olor de la masculinidad en la máxima expresión:
dos
hombres follándose.
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