Así
funciona el deseo:
se
clava en la entraña, como un relámpago,
o incendia el pecho con el aleteo
de una mariposa.
Veo,
en mi caída, siglas infecciosas
a través de esta rotura insignificante.
Sobrevivir
o no: es lo mismo.
Nada
permanece igual.
Lo
fácil sería entregarme al miedo.
No somos diferentes. Nuestras tierras son yermas.
Prefiero
disparar, crítico, al centro del prejuicio
tras
aprender vuestros discursos
envenenados con el estigma.
Puede
que durante la interminable espera
la
noche motee mi cuerpo
o que mi sangre se vuelva de cieno.
Sin
saber el resultado del destino,
amanecerá
mi temblor
y un crujir de lágrimas. Tendrán sentido.
y un crujir de lágrimas. Tendrán sentido.
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